continuación de EL DUENDE
Tan sólo... esperaba el momento para echar a volar.
Y el duende cantaba al son de su melancolía, al son de todo lo que empequeñecía su alma, al ritmo de esas olas del mar que eran su única compañía.
Se secó la lágrima azul del rostro. Las lágrimas de duende eran muy valiosas, y quería guardarlas para momentos de felicidad. Nada merecía una lágrima suya. Hubiera querido regalar alguna de esas lágrimas, porque eran vida, porque eran sueños y luz, porque el mundo sólo le devolvía desilusión. Y pensaba, mientras lanzaba piedrecitas de colores al mar, mientras veía cómo este las depositaba, con suavidad, en el fondo de sus aguas.
Empezaba a hacer frío. Se puso su chaqueta azul, e intentó ordenar su melena revuelta, desordenada por orden de ese feroz Eolo que dominaba los vientos y guiaba las nubes.
No había elegido ser un duende, o quizá sí.... pero ahora sólo quería encontrar un poco de calma para su alma.
Era difícil sobrevivir en un mundo así, donde pocos ojos son capaces de ver duendes entre los coches o sentados en los bancos de las rápidas ciudades. Ni siquiera cuando se muestran. Y cada vez que alguien dejaba de creer en ellos... moría un duende. O un hada, o cualquier otra criatura mágica de su especie. Y todo perdía su valor.

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