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EL DUENDE

riloci @ 18:35

El duende estaba solo, sentado junto al mar, escuchando rugir las olas, ansioso por saber qué escondían aquellos pequeños colosos de agua salada.
Una lágrima azul resbaló por su cara. Hacía tiempo, demasiado tiempo, que no lloraba, y se sorprendió de sí mismo. No recordaba lo que era llorar... no recordaba lo que era una lágrima...
Jugaba con las piedras y la arena de la playa, que le colaba entre los dedos de sus pies, mientras deseaba ser un duende incoloro, mudo, con una coraza inquebrantable, para que ni las ausencias ni las presencias fueran capaces de herirle. Ni siquiera de mover uno de sus cabellos con le vaivén dulzón de la brisa marina.
Deseaba no tener color, deseaba volver al lugar al que pertenecía, deseaba no haber existido jamás. Aunque en realidad no supiera nada de nada.
Solía llorar en silencio para que nadie pudiera oírle. No entendía nada de lo que tenía alrededor. Lo sueños eran lastres, los peces eran abanicos de espinas, su alma era una espiral y un borrador. Ni siquiera una tabula rasa.
El duende miraba hacia el mar. Echaba algo de menos. Y era un duende con alas, alas pequeñas, entumecidas, porque no las podía desplegar. Aunque... en realidad no las había usado nunca. Sabía que estaban ahí, sabía que dolían.

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