(continuación) La azacena del bosque
Cierta vez, Moroti para defenderse tuvo que dar muerte a un pecarí (cerdo salvaje - jabalí) y como no acostumbraban comer carne no supo qué hacer con él. Al ver que Pitá había encendido un hermoso fuego se le ocurrió arrojar en él al animal muerto. Al rato se desprendió de la carne un olor que a Morotí le pareció apetitoso y la probó. No se había equivocado: el gusto era tan agradable como el olor. La dio a probar a Pitá, a las mujeres de ambos y a todos les resultó muy sabrosa. Desde ese día desdeñaron las raíces y las frutas a las qué habían sido tan afectos hasta entonces y se dedicaron a cazar animales para comer. La fuerza y la destreza de algunos de ellos los obligaron a aguzar su inteligencia y se ingeniaron en la construcción de armas que les sirvieron para vencer a esos animales y para defenderse de los ataques de los otros. En esa forma inventaron el arco, la flecha y la lanza.
Entre las dos familias nació una rivalidad que nadie hubiera creído posible hasta entonces: la cantidad de animales cazados, la mayor destreza demostrada en el manejo de las armas, la mejor puntería... todo fue motivo de envidia y discusión entre los hermanos. Tan grande fue el rencor, tanto el odio que llegaron a sentir unos contra otros que decidieron separarse. Morotí con su familia se alejó del hermoso lugar donde vivieran unidos los hermanos, hasta que la codicia, mala consejera, se encargó de separarlos. Y eligió para vivir el otro extremo del bosque, donde ni siquiera llegaran noticias de Pitá y de su familia.

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